Las vacaciones están a la vuelta de la esquina. ¿A qué se dedicarán los niños de esta época? A jugar maquinitas, ver televisión o estar revisando el celular. En el fin de semana, no hacen tareas, no toman un libro y no les interesa el conocimiento científico. (En comunidades migrantes en Estados Unidos, donde las familias enfrentan jornadas largas y ritmos de vida acelerados, las pantallas se han convertido en parte central del tiempo libre de las infancias).
Bueno, para los chamacos, tal vez los juegos son una buena forma de aprendizaje y práctica, más que la escuela y la educación tradicional. Hay que buscarle el lado positivo.
Saludos y disculpen por meter mi cuchara.
En mi niñez, la primaria fue irrelevante en mi interés por el conocimiento formal escolar; sin embargo, aprendí a leer, escribir y a hacer operaciones aritméticas, pero lo que más impacto ha tenido en mi vida son los juegos que tuve con los niños de mi barrio, pueblo chico en Oaxaca, pero con tradiciones muy arraigadas en la comunidad y con abundancia de peques de mi edad. La amistad que tuve con ellos se ha mantenido hasta ahorita en juventud eterna, apenas 62 años.
Jugábamos a los “Encantados”, o la “Roña” usábamos el nombre de mi amigo y finado “Quique”, como una muestra de la crueldad de los niños insensibles, a las “Escondidas”, canicas, trompo, balero, rayuela, mi papá me hizo mi tablero, al tamaño de la moneda de veinte centavos, de aquellos de cobre y varios amigos tenían su tabla para la rayuela. Usábamos los números: 2, 4, 8 y 16, para completar 32 puntos. Cuando la moneda de ¢0.20 2.5 cm de diámetro aproximadamente, si entraba en el agujerito, contaba 16 puntos. Cuando la moneda quedaba a la mitad del agujero, contaba ocho. Si una parte de la moneda asomaba en el círculo del agujero, contaba cuatro. Si la moneda quedaba en la tabla, contaba dos puntos. Uno se volvía diestro en lanzar la moneda. Un juego divertido y de competencia. La rayuela.

¿Quién no se acuerda de las monedas de ¢0.50 centavos, los Cuauhtémoc?, chicas monedotas. Tal vez todavía eran de plata.
Con una pelota jugábamos a los “hijos” no entiendo por qué le llamábamos con ese nombre, que consistía en atinarle a los agujeros en el suelo. Uno escarbaba y hacía los agujeros al tamaño de la pelota, no muy profundo, para que la pelota pasara rodando, y el que fallaba era castigado. El castigado se paraba frente a una pared y cada uno le tiraba el pelotazo. Eran pelotas que no lastimaban.
Cantos y juegos como el de:
“Doña Blanca está rodeada
de pilares de oro y plata.
Romperemos un pilar
para ver a doña Blanca.”
¿Quién es ese jicotillo
que anda rondando mi casa?
Yo soy ese jicotillo
que anda en pos de doña Blanca.
Formábamos un círculo alrededor de doña Blanca. Afuera del círculo estaba el jicotillo.
Los cantos de:
Jugaremos en el bosque,
mientras el lobo está dormido.
Saltaremos el corral
y le preguntaremos:
¿Lobo, estás aquí?
No, me estoy poniendo la piyama.
Jugaremos en el bosque,
mientras el lobo
está en su siesta.
Saltaremos el corral
y preguntaremos:
¿Lobo, estás aquí?
No, me estoy poniendo
los huaraches.
Jugaremos en el bosque...
Así seguían las preguntas mientras girábamos y danzábamos alrededor del “lobo”, hasta que el lobo terminaba de vestirse y entonces empezaba la correteada y los gritos, pura diversión sana.
¿Quién no arrancó “cebolla”?
Alguien se agarraba a un poste y otro más le seguía así hasta llegar al último niño, jalando hasta que lograban arrancar al primero.
Tengo muchos cantos en la memoria. Muchos de estos juegos estaban acompañados de cánticos.
“El burro saltón” consistía en que el primer niño se agachaba y el segundo saltaba poniendo las manos en su espalda e inmediatamente se posicionaba enfrente, y así hasta llegar al último niño.
Para seleccionar a alguien para ser el primero o el último en un juego usábamos estas rimas:
De una, de dola,
de tela, canela,
zumbaca, tabaca,
de bire, birón,
cuéntalas bien
que las once son.
Otro más:
De tin marín,
dedo pingüé,
cúcara mácara,
títere fue.
Al subir una montaña,
una pulga me picó.
La cogí de las narices
y se me escapó.
Botín botero y salió.
Rosa, clavel y botón.

También usábamos el volado; cuando no había monedas usábamos una piedra pequeña plana. Le poníamos saliva a un lado y preguntábamos: “¿Seco o mojado?”, y ahí va la piedra en el aire.
¿Se acuerdan de esta otra rima?
Pin uno,
pin dos,
pin tres,
pin cuatro,
pin cinco,
pin seis,
pin siete,
Pinocho.
Los juegos eran de temporadas.
Por ejemplo, en Todosantos, como abundaban las naranjas, nos comprábamos ligas y nos tirábamos de ligazos con la cáscara de naranja. Ardía un poco, pero no hacía daño. También en tiempo de cosechas nos hacíamos nuestras cerbatanas con la cañuela del zacate y con las ramas de la planta de “San Pablito” hacíamos la base. La llamábamos “Zitocáanci” (lo siento, no sé escribir en mixteco). No le soplábamos, más bien disparábamos; para eso usábamos las semillas del pirul, que son pequeñas y redondas. Al disparar hacían un chasquido como un trueno.
Por cierto, con las semillas del pirul se preparaba el “Tolochi”, ya que la semilla tiene un sabor dulzón característico. Al igual que con las vainas de huizache, también se preparaba otra bebida, con sabor muy peculiar.
En Todosantos, también abundaba la flor de casahuate. Una flor blanca que contenía un dulce líquido, y me subía a un solo árbol y recolectaba lo suficiente para mi pan de muerto, muñeco, conejo u otra figurilla animal.
Tengo tantos versos y tonos que aprendí en la calle, jugando con mis amigos, y que quedaron en mi memoria y que en ocasiones me llegan como recuerdos de un ayer no muy lejano. Rostros de tantos niños que fuimos y que tal vez ya nunca vuelva a ver. A su memoria y a la memoria de nuestra niñez mexicana.
Los cantos al salir a pedir “calaverita”:
🎶 🎶
Salgan, salgan, salgan,
ánimas de penas.
Que el Rosario Santo
rompa sus cadenas.
Bendito, bendito, bendito,
sea el Señor,
los ángeles cantan
y alaban a Dios. 🎵

Les digo, juegos de temporadas. En diciembre, las posadas y los villancicos navideños. Con mi corazón de niño, fui el más devoto de los creyentes. Créanme, me sé unos tres villancicos navideños hermosos.
A la memoria de mi madre, quien me enseñó los nombres de los dedos con estos versos, como inmigrante, me despedí de ella y nunca más la volví a ver; murió en el 2015:
El niño chiquito y bonito.
El señor de los anillos.
El tonto y loco.
El lamecazuelas.
El matapiojos.
Este se robó un huevo.
Este lo puso a asar.
Este le echó la sal.
Este se lo comió.
Y este viejo perro lo fue a chismear.
Mientras me enseñaba los versos, me agarraba los dedos y así se aprende uno los nombres de los dedos, desde el meñique, anular, medio, índice y pulgar.
Lo mismo con los dedos de los pies, que son otros versos:
Andaba la hormiguita
juntando su leñita.
Le cogió un aguacerito,
que corre pa’ su casita.
Se metió en su covachita.
Este era un gato
con su colita de trapo
y sus ojos al revés.
¿Quieres que te lo cuente otra vez?
¿Quieres que te cuente el cuento de la buena pipa?
Si el chamaco dice que sí, se lo cuentas otra vez. Hasta que se canse y te diga: “¿No te dije que sí?”.
Le contestas: “¿No te dije que no?”...
Jugando con los dedos de los pies o con los dedos de las manos:
Cinco pollitos tiene mi tía,
uno le canta y otro le pía,
y tres le tocan la chirimía.
Otra rima:
Mañana es domingo,
es día de respingo.
Se casa Benito
con un pajarito.
¿Quién será la madrina?
Doña Catalina.
¿Quién será el padrino?
Don Juan Botijón.
Esta era la base y se le añadían más frases, mientras jugábamos, con nombres de personas y apodos picarescos.
Aún hay más.
Santo Domingo,
de la buena, buena vida.
Hacen así, así, así,
las cocineras,
las panaderas,
las lavanderas,
las costureras.
Imitábamos los oficios que pronunciábamos.
Amo-a-to, mata-rili-rili-ron.
¿Qué oficio le pondremos?
Mata-rili-rili-ron.
Le pondremos carnicero.
Mata-rili-rili-ron.
Ese oficio no le gusta.
Mata-rili-rili-ron.
Le pondremos zapatero.
Mata-rili-rili-ron.
Ese oficio no le gusta.
Mata-rili-rili-ron.
Así hasta que se llegaba a un oficio , peluquero, por ejemplo y ahí terminaba el juego.
Se hacían columnas, filas o hileras y confrontaban los grupos, y se elegía a diferentes niños.
Hay tantos juegos y cánticos que no acabo en un solo artículo; aquí nombro algunos para aquellos que se acuerdan:
Amados, señores,
vengo de La Habana,
de cortar madroños
para doña Juana.
Otro diferente:
Naranja dulce, limón partido,
dame un abrazo que yo te pido.
Si fueran falsos mis juramentos,
en otros tiempos se olvidarán.
Toca la marcha, mi pecho llora,
adiós, señora, yo ya me voy.
Una más y ya los dejo:
Estaba la pájara pinta
a la sombra de un verde limón.
Con el pico picaba la rama,
con la cola meneaba la flor.
Ay sí, ay no.
¿Cuándo vendrá mi amor?
A la víbora, víbora,
de la mar, de la mar,
por aquí puede pasar.
La de adelante corre mucho,
la de atrás se quedará...
Tras, tras, tras, tras, tras...
Una mexicana
que fruta vendía:
ciruelas, chabacanos,
melón y sandía...
Tras, tras, tras, tras...
Manzanita de oro,
déjame pasar
con todos mis hijos,
menos el de atrás...
Tras, tras, tras, tras…
Dos personas forman un arco. Uno es melón y otro es sandía. Conforme la víbora va avanzando, ellos atrapan a uno y le preguntan: “¿Melón o sandía?”. Cada atrapado elige, y así hasta que se termina la cola de la víbora. Este juego o danza es muy común en las fiestas y casorios.
Estos son los recuerdos de mi niñez, con nostalgia por los tiempos pasados, de nuestra tradición y cultura.
Pienso que los juegos infantiles le dan un carácter de convivencia fraterna a los niños. Ojalá y aprovechen sus vacaciones y salgan a jugar.
Este texto forma parte de un espacio abierto para dar voz a la comunidad migrante. Las memorias, opiniones y expresiones aquí publicadas son responsabilidad de su autor. Invitamos a más mexicanas y mexicanos en el exterior a compartir sus historias, porque escribir nuestras memorias también es dejar huella de nuestra presencia, nuestra identidad y nuestra comunidad.
