Hay vidas que, al narrarse, parecen fábulas. Pero la de José “Pepe” Mujica es una lección viva, de carne y hueso, tejida con sueños, sacrificio y amor. Mujica no fue un político común: fue un sembrador de utopías prácticas, un presidente que eligió la pobreza digna y la coherencia como bandera, un filósofo que desnudó la vanidad del poder y el absurdo del consumismo con una sencillez conmovedora. Mientras otros líderes se pierden en la parafernalia de las mansiones y los privilegios, Mujica...
Hay vidas que, al narrarse, parecen fábulas. Pero la de José “Pepe” Mujica es una lección viva, de carne y hueso, tejida con sueños, sacrificio y amor. Mujica no fue un político común: fue un sembrador de utopías prácticas, un presidente que eligió la pobreza digna y la coherencia como bandera, un filósofo que desnudó la vanidad del poder y el absurdo del consumismo con una sencillez conmovedora.
Mientras otros líderes se pierden en la parafernalia de las mansiones y los privilegios, Mujica gobernó desde una casa de campo, rodeado de perros y crisantemos, viajando en su viejo vocho y donando el 90% de su salario a los más necesitados. “No me siento pobre. Pobres son los que necesitan mucho. Yo vivo con poco para que las cosas no me roben la libertad”. Su austeridad era una declaración de amor a la libertad, una rebelión ante la cultura del tener y la apariencia, y un recordatorio de que la verdadera riqueza es el tiempo y la libertad de gastarlo en lo que amamos.
